Era tan bella. Su tez, de un color blanquecino como la nieve, se
acolaraba en ambas megillas cuando reposaba mi mirada cansada sobre su
cabellera larga y sedosa. Su cuerpo era un poema esculpido por ángeles y
cada pequeño foco de luz que salía de su voz era como una caricia sobre
mi piel. Era una diosa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario