miércoles, 2 de enero de 2013

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Era tan bella. Su tez, de un color blanquecino como la nieve, se acolaraba en ambas megillas cuando reposaba mi mirada cansada sobre su cabellera larga y sedosa. Su cuerpo era un poema esculpido por ángeles y cada pequeño foco de luz que salía de su voz era como una caricia sobre mi piel. Era una diosa.

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