miércoles, 3 de octubre de 2018

No puedo dejarlo escapar.

No tenía mucho que regalar, solo un corazón destrozado y lleno de retales, pero eso no era suficiente, nunca lo era. Yo nunca era suficiente, y ya no sabía de donde sacar las fuerzas para llegar alto.

Eché una vista atrás, una miradita rápida al cajón de los desastres. Y uno, tras otro, fui recordando que por mucho esfuerzo que ponga siempre caigo en las mismas piedras que ya tienen la forma de mi pie.

No sabía por donde empezar, la esperanza había muerto. La asesine una tarde de domingo mientras tu te echabas la siesta. Y ahora, en la soledad de nuestra habitación me pregunto ¿que demonios he hecho bien? Algo... algo debí hacer bien, pero no dejo de pensar que no hay ni una sola cosa que haya hecho correctamente, ni un solo fallo en el que no haya caído. Aunque me duela admitirlo soy la reina de los desastres amorosos, familiares y desde hace unos años ni si quiera gozaba de una buena salud. La esquizofrenia que se había apoderado de mi cabeza como si fuese un patio de recreo a la hora del descanso me consumía. No era más que un montón de síntomas abrazados a un cuerpo desastroso que dejaba cada día más que desear. Pero sabiendo siempre que nunca nadie en la historia me podría desear, con mis estrías, mis muslos engrasados y esos pechos que nunca desafiaron los limites de la gravedad. Todo estaba en mi contra, y que era todo? Todo era la gente que decía quererme y me dejaba de lado, todo era la familia que desde que mi madre murió se deshizo y nunca se volvió a unir.  Todo eran los amigos que olvidaban mi propio nombre, y los enemigos que lo maldecían hasta el amanecer.

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