El bus se paró, había llegado a Vigo. Después de nueve meses
esperando ese momento con ansias ahora me preguntaba "¿Estoy
preparada?". Me sentía tonta y como si eso fuese poco me comenzó doler
la barriga por los nervios. Era el momento. Sabía que este día cambiaría
por completo nuestra relación y nuestras vidas, y solo dependía de
nosotros si para bien o para mal. Se abieron las puertas y pude verle de
espaldas a mi autobús. Me temblaron las piernas, me asusté. Se dió la
vuelta y su mirada se cruzó con la mía, de pronto sentí un escalofrío
por todo mi cuerpo que me dejó conjelada frente a el. Se acercó poco a
poco y respiré ondo, intentando no echarme a llorar, pero tras sentir el
dulce calor de su pecho y sus brazos rodeando mi piel no pude aguantar
esas lágrimas escurridizas en mis ojos y comenzaron a recorrer mis
megillas. Alcé la viste y le miré, con su cara de tonto enamorado y una
sonrisa de oreja a oreja, no tardé en sujetar sus megillas timidamente
con mis manos dejando posar sus labios sobre los mios. Abrí los ojos y
ahí estaba el. Nueve meses de espera que habían valido la pena, lo
sabía.
Me abrazó fuerte y creí que las nubes nos rodeaban
mientras el me hacia volar y llegar más alto que el cielo y la luna.
Comenzamos a caminar el uno al son del otro, dando pasos al compás,
mirándonos de reojo. Yo no era capaz de alzar la vista del todo, no
quería que viese lo horrible que soy, no quería cometer fallos. Los
nervios me podían y comencé a acelerar el paso sin darme cuenta de ello.
De pronto sentí un tirón en el brazo que me llevo hasta su regazo. Noté
el paraiso por unos segundos, me miró serio y me pidió tranquilidad,
justo lo único que no podía ofrecerle esa fría tarde de otoño. Aun con
eso, inenté ser yo misma, con mis gritos, tonterías y locuras
indispensables para una tarde de risas. Algo que, a primera vista,
pareció gustarle.
Tras caminar 1 kilómetro y 15 metros nos
encontramos en el castro. La punta más alta de la ciudad, un anitguo
castillo de la época medieval donde principes y princesas habitaban hace
siglos y ahora, sin más, allí ibamos. Dos tórtolos enamorados el uno
del otro comportándonos como marido y mujer. Recuerdo haber escuchado un
"vamos princesa" y sentirme de nuevo alzada hasta las nubes. Al llegar
al palco observamos la ciudad. Comenzó a sonreír dulcemente al mirar el
mar desde el mirador; sus veleros, el puente y las tres pequeñas islas
que se perdían en el horizonte. Un grupo de turistas se acercaron a
nuestro lugar privilegiado, y tras maldecir su existencia unos segundos
decidimos irnos a otro lugar. No sin antes sacar unas fotos y hacerle
notar las caricias de mi amor sobre sus labios. Cogió mi mano y le guié
el camino al centro de la ciudad, eramos completamente felices y
sinceros, y por una vez no solo le sentía cerca... le tenía aquí.
Pasamos
por Principe, una calle abarrotada donde un dulce olor a bollería nos
arrastró hasta un pequeño puesto de gofres. Me compró uno a mi y otro a
el, eran de un dulce sabor que me recordaba a nuestro amor. Mi gofre,
cubierto de una montaña de nata por encima, manchó mi pequeña nariz
respingona. El me miró, se rió. Fue bonito el momento en el que se
acercó a mi y besó mi nariz para limpiarme con sus labios, tal vez
demasiado para ser real , y fue entonces cuando comencé a dudar "¿No
será esto solo un sueño?".
Llegamos al hotel y comencé a vaciar mi
maleta. Mientras colocaba mi ropa en el armario me abrazó por la
espalda y me dió un dulce beso en el cuello tras apretar fuerte mi
cuerpo contra el suyo. Nos queríamos era algo obvio en mi opiniòn, pero
no me importaba seguir demostrándolo a cada momento un poco más. Me
ofreció ver "Moulin Rouge", mi peli favorita, tumbados en la cama, con
la única condición de no soltarle ni un segundo. Nos descalzamos y
comenzamos a ver la película entre besos y arrumacos. Pero
necesitabamos un poco de acción en esta situación así que me puse de pie
y corrí hacia el baño encerrándome en el. Cuervo no paraba de llamar a
la puerta preguntandome sin parar que ocurría. Quité el pestillo y abrió
la puerta sin saber que le esperaba con un arma letal en mis manos, el
secador a máxima potencia apuntando hacia su cara. Le despisté y corrí
hacia el pasillo del hotel como alma que lleva el diablo y el tras de mi
cual dinosaurio hambriendo gritando "graw, ven Bakali! ven!" Me escondí
en las escaleras del corredor y cuando vi que el había cogido el camino
equivocado pensando que me habría ido hacia el lado izquierdo delhotel
comencé una nueva carrera hasta nuestra habitación. No pude evitar reír,
y tras escuchar mis carcajas supo donde me encontraba y vino trás de
mi, entré en la habitación pero el agarro mi cintura antes de que
pudiera seguir huyendo y me tiró sobre la cama. Acto seguido se tumbo
sobre mi y comenzó a besarme diciéndome cuanto me quería. Antes de que
nos diesemos cuenta el tiempo voló y llegabamos tarde al concierto de
"La Fuga", cogimos nuestros abrigos y nos dispusimos a ir hasta el local
donde tocaban pero mi tripa hizo de las suyas. Tenía hambre. Cuervo
insitió en llevarme a un restaurante e invitarme a cenar, a lo que yo
respondí que simplemente, quería una hamburguesa. Recuerdo que se rió.
El pensaba en un sitio bonito y tal vez un poco romántico, pero yo en
cambio, le ofrecí un restaurante de comida rápida donde había niños
corriendo entre las mesas. Aunque os cueste creerlo resulto romántico.
Verle reír solo por observar como me comía unas patatas o decirme cuanto
me quería por hacer el tonto metiéndome pajitas en la boca.
Cuando
acabamos de cenar tal vez ya era demasiado tarde como para acudir al
concierto, pero siéndo su tio el cantante deberíamos hacer aunque fuese,
media hora de acto de presencia. Al llegar allí noté la potencia del
rock and roll en todo su ser. Mi corazón latía al son de los golpes de
la batería. Cuervo me abrazaba por la espalda, y a su vez cantaba cada
canción en mi oído causandome escalofríos en cada palabra que me
susurraba. Al acabar el concierto y hablar un rato con el cantante
principal bebimos unos chupitos y fuimos al hotel, aun nos quedaba mucho
por hacer.
A la mañana siguiente decidímos despertarnos a las 7
para ducharnos juntos, dar una vuelta por Vigo e ir a las 10 a la
estación donde me recogería el bus que me llevaría a Ponteareas. Por
desgracia, el despertador no sonó y cuando abrimos los ojos el reloj ya
daba las nueve y diez. Nos vestimos en vente minutos y cogímos un taxi
que nos llevói a la estación en diez. Eran las diez menos vente, no
teníamos tiempo para llevar nuestros planes a tiempo así que fuimos a
desayunar. Cuando llegamos al bus era la hora y el conductor me hizo un
gesto que me indicaba que iban a salir ya. Le besé y le dije que le
amaba, y antes de irme y tardar meses en volvernos a ver me prometió
volver, volver por mi.
Después de eso solo recuerdo llorar, llorar
hasta que mi movil sonó y escuché su voz através del auricular
diciéndome "No llores princesa, volveré".
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