La hierba era nuestra cama y los besos nuestras mantas. Cubrían cada centímetro de nuestra piel. La explanada era grande, tanto que el final de los trigales se miraba como una fina linea amarilla que intentaba tapar el sol. En una mano sostenía mi girasol, en la otra su corazón. Podía notar todos sus pensamientos en solo una mirada. Su amor incondicional me iluminaba. Pude ver su alma. Y observé como me la regalaba en cada caricia.
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