Ni te escucho ni te creo.
Llegué a mi habitación y puse la música a todo volumen. Comencé a notar locura por mis piernas, pidiendo movimiento y expresiones de felicidad. Salté y grité hasta quedar tumbada en el frío parquet. Cada lágrima iba al compás de las notas del blues. Y sin más, sonreí, y carcajada tras carcajada expulse toda la felicidad que aun me quedaba, para dejar entrar todo el dolor que venía desde el noroeste.
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