jueves, 12 de julio de 2012
7.
Seguía removiendo la cucharada en el café, me preguntaba porque Mirlo aun no me había llamado. Sostenía con mi otra mano mi movil silencioso, ninguna melodía salía de el. Intentaba no preocuparme, no volverme negativa ni pensar en tonterías que sabía, en el fondo, que no estaban ocurriendo, cuando de pronto comenzó a vibrar y a sonar una canción movida y alegre por la cual me dio un vuelco el corazón.
Contesté, no reconocía esa voz... Era fría, y seca. Nada habitual en mis contactos. Escuché, escuché hasta la última frase hasta que me preguntaron si seguía ahí, si me encontraba bien... en fin, las típicas preguntas que hacen los médicos. Mi mano no pudo aguantar el peso del teléfono y como un rayo llego al suelo rompiéndose y desmontándose. Seguí mirando mi café, las ondas provocadas por las vueltas no paraban de moverse. Me senté en el suelo de la cocina poco a poco, como si fuese una pluma llevaba por el viento. Sonreí. Y entonces lloré, comencé a gritar, me levanté y rompí todo a mi al rededor, destrocé la cocina. Todo estaba esparcido por el suelo. No pude parar de llorar. Y de pronto paré. Mire al frente y me di cuenta, daba igual lo que hiciese, no iba a volver. Lo había perdido, para siempre.
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