Tenía el miedo anclado al cuerpo.
Su voz que ya ocupaba todo mi ser insistía en ocultarse entre lágrimas desproporcionadas para tanto dolor. Intenté calmarle con todas mis fuerzas, como si unas palabra mia bastara para destranstornar su alma disulta por los problemas... Entonces cerré los ojos y bese sus labios. El mundo volvió a lucir esa capa clara llamada destino.
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