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Mis pies, temblorosos y mojados tras haber recorrido una ciudad llena de charcos, se encontraban al fin frente a su portal. Había atravesado calles que parecían circos, una lluvia que por un momento pensé que convertiría mi suelo en mar. Y, tras tantas adversidades dudé en llamar a su puerta. En verle llorar, reír o gritarme furioso. Dude en saber su respuesta, y es que, no hay peor golpe que el de los sentimientos y miedos ocultos.
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