Quédate.
El pulso se iba acelerando con cada caricia que notaba sobre mi piel. Desnudos en aquel colchón buscábamos la felicidad oculta entre las mantas de algodón y terciopelo. Tus labios que revivían mi vida ya muerta hace tiempo causando complejos a cualquier amanecer de esos que te dejan sin aliento. Cada suspiro era una nube en la que volar, como si el cielo fuese nuestro. Como si el mundo solo fuese tierra bajo los pies.
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