lunes, 30 de abril de 2012

Ida y vuelta.


Estábamos sentados de tal manera que nuestra respiración se cruzaba con la fogata que calentaba nuestras almas. Solo unos centímetros de separación, quizá un metro. Tanto tiempo, tantos llantos, tantas risas perdidas en el ecuador de nuestra vida y ahora, nuestros latidos sonaban al compás de nuestros movimientos.
Se acercó. Pude notar como el viento cambiaba de rumbo con el paso de sus dedos por mi piel. Dibujaba mi una silueta desnuda bajo las estrellas, dejando a un lado toda la ropa que cargaba sobre mi piel. Su cuerpo era una melodía, una forma de expresión corporal fuera de toda lógica o razón. Nuestros labios rozaron el cielo hasta fundirse en uno, hasta lograr el sueño esperado.
Agarró mi cintura, acercándome más y más a el... No pensaba en nada, mi mente estaba en blanco. Mi cuerpo era un cuaderno sin escribir y el plasmaba en mi una historia, un lugar, un segundo. El reloj pasaba las horas, alejándome más y mas de ti, devolviendome a la vida real y entonces, desperté.

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