Sus alas se posaron en mi cuerpo. Eran de un negro que resplandecía en la soledad de esa noche. Hacía frío. Pero el abrigo de su mirada conseguía hacerme seguir. Comencé a notar como mi cuerpo levitaba ante su belleza. Entonces, agarré su boca con mis labios y nos fundimos en uno. Sus manos palpaban mi cuerpo como si de un piano se tratase, y cada nota provocaba la banda sonora de esta historia.
Una mirada se logró colar entre nuestros cuerpos ya desnudos. Y entonces comenzó a nacer fuego sobre su piel. Sus alas se calleron una a una, dejando ver su cuerpo de mortal ante mis manos insaciables. Tumbados sobre lágrimas de meses separados comenzamos a quemar el dolor, a desvanecer los miedos y por último... a ganar. Ganar juntos. Ganar ante el olvido.
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